Abalorio
Para Ana Karla
El abalorio dura más que la rotunda belleza.
Pero un robledal se alimenta de tu pubis,
y brama,
con el tono vespertino de un alce que convoca,
mi aliento entre sus túrgidas cortezas.
El árbol que se irriga con mi sangre,
Se enraiza en tu sonrisa.
Me considero un calamar fugitivo,
un elefante lejano del olvido que me ronda.
Aunque de todo esto, soy sólo vil metáfora,
sólo carámbanos vistiéndose de trémulas estalactitas cuando
viene el frío.
Pero soy carne y soy neuronas
Y soy cada compleja molécula,
cada célula y partícula bioquímica,
Que a mi cuerpo mantienen en camino.
Y soy la débil huella de mis años, de faustas ilusiones
Del tormento pasado que ha llegado a mis ojos por las
letras,
Del asombro antiguo que han tenido a bien
informarme los muertos de mis libros.
Tú eres,
después de ti,
Más firme aquí en la tierra.
Y si tu mano se desliza de tu fronda a mi pecho,
Soy todo eso,
pero de una fragancia insondable salpicado,
aumentado también, volteado al mundo;
un conejo aturdido por chacales,
una rabia mohosa y sempiterna,
alegría con causa y causa ausente,
soy el mismo paredón de piel y de membranas,
el acordeón infame de mis nervios,
la cabeza de un muerto con magnolias y azahares,
un racimo de júbilo gritado hacia el pozo vacío.
Si tu mano se asienta en mi hombro, en mi boca
lo que soy puede verse más simple y más claro,
y si soy la moneda que echas al río
pasarán muchos años para verme en el fondo.